Un viejo problema recurrente y algunas paradojas, para empezar

La noticia ya saltó a los medios de comunicación en el invierno de 2012: la mayor asociación de padres de alumnos de Francia había convocado una huelga de deberes escolares durante quince días para pedir el fin de esas tareas, por considerarlas una forma de “subcontratación pedagógica” para las familias que generaba “conflictos casi diarios” entre los niños y sus padres. La huelga ocurría en un país donde, teóricamente, los deberes están prohibidos por ley desde 1956. Hoy la prohibición sigue vigente… y la práctica de los deberes también.
El debate no es nuevo ni, por supuesto, exclusivo de Francia. Este mismo mes de noviembre de 2016, en este inicio de curso tan incierto como descorazonador, la confederación española de asociaciones de padres de la escuela pública (CEAPA), ha llamado también a la insumisión de las familias en contra de los deberes escolares en fin de semana. Desde mediados del siglo XX se ha suscitado de manera recurrente en prácticamente todos los países del Planeta que han llegado a desarrollar sistemas educativos nacionales obligatorios para amplias masas de población. Desde Estados Unidos a Australia, pasando por Colombia, Argentina, Finlandia o España, la conveniencia o no de encargar tareas escolares para casa ha sido objeto de discusión pública, de titulares de prensa, de sesudas investigaciones psico-pedagógicas que han dado lugar a toneladas de literatura gris, y, cómo no, de regulación administrativa. No hay prácticamente ningún país del mundo que en los últimos sesenta años no haya tratado de normativizar esta práctica escolar, regulando su uso y frecuencia, restringiéndola por edades o niveles educativos o incluso prohibiéndola.
En España, sin ir más lejos, los deberes se prohibieron por ley en el año 1957, en pleno franquismo, a raíz de la aprobación, años antes, de la nueva ley de Enseñanza Media (1953); un veto posteriormente refrendado por otra ley de 1973, emanada de la llamada “ley Villar Palasí” de 1970. Y esa prohibición taxativa, que acoge a todo el alumnado entre los 6 y los 16 años, ha pervivido desde entonces hasta hoy en nuestro ordenamiento jurídico-educativo, seguramente para sorpresa de muchos e ignorancia de la mayoría. De hecho, la LOE (2006) y la LOMCE (2013), pese a lo que se ha dicho, no modifican sustancialmente esta proscripción, pues únicamente hablan de que “los centros promoverán compromisos educativos entre las familias o tutores legales y el propio centro en los que se consignen las actividades que padres, profesores y alumnos se comprometen a desarrollar para mejorar el rendimiento académico del alumnado” (artículo 121.5 de la LOMCE)…; lo cual, en modo alguno significa que la prohibición haya quedado levantada. Y sin embargo, los deberes siguen siendo una práctica generalizada en todos nuestros colegios e institutos, con la Ley General de Educación, con la LOGSE, con la LOE y, ahora, con la LOMCE. Un hecho que nos debería hacer pensar que estamos ante algo más que una práctica rutinaria y sin trascendencia. Posiblemente los deberes escolares sean junto a la práctica examinatoria o el uso de libro de texto, uno de los elementos medulares que dan sentido y significado a la institución escolar, como mínimo desde de los tiempos de la generalización de la escolarización obligatoria de masas.

La dimensión social de un problema escolar

“El estudiante llega por la noche a casa con la preocupación de que su trabajo no ha terminado, después de las seis o más horas que pasó en el Colegio. ¿Es esto humano? ¿Está conforme con la más elemental Pedagogía? ¿Se puede pedir a los niños que tengan una jornada más larga de trabajo que los mayores? No se puede admitir que, en gracia a los deberes, el chico se quede sin tiempo de jugar ni de descansar, por lo cual es menester que estos trabajos se realicen con muchas limitaciones. Por otra parte, está demostrado que los trabajos de casa, si dejan de ser revisados en la escuela, resultan del todo inútiles. Otra razón para que no sean excesivos. El exceso en los deberes puede perturbar el equilibrio psíquico de los alumnos. Desde el punto de vista psicológico, la sobrecarga de trabajo y el exceso de deberes escolares son, por supuesto, indefendibles. No por trabajar más horas se rinde más; lo cierto es que a veces se rinde menos.”

El párrafo anterior fue escrito hace más de sesenta años y su autor fue, desde 1944 hasta su jubilación en 1981, el mandarín de la pedagogía universitaria española y relevante miembro del Opus Dei: Víctor García Hoz (1911-1998). Lo curioso del caso es que si uno revisa los argumentos esgrimidos por los pedagogos y expertos universitarios del franquismo —un universo poblado por católicos integristas, tecnócratas y teresianas— en contra de los deberes escolares y los compara con los de sus actuales sucesores, con los sesudos informes UNESCO, de la OCDE, de PISA, de la Organización Mundial de la Salud (que también se ha pronunciado no ha mucho sobre el asunto)… o incluso con los del reciente libro del pedagogo estadounidense Alfie Kohn, autor de El mito de los deberes (Kaleida, 2013), se topará con la sorpresa de que todos repiten lo mismo; por su parte, los movimientos de renovación pedagógica y la CEAPA se mueven en la mismas coordenadas. También estas confluencias deberían hacernos pensar, ¿no?
El hecho de que la opinión unánime de pedagogos, elites tecno-burocráticas y plataformas asociativas de docentes y familias, no haya conseguido doblegar una práctica escolar tan denostada como extendida, puede deberse a dos razones: la primera es que alguien no diga la verdad o, al menos, no toda la verdad; la segunda es que lo que se dice defender constituya una mera desiderata, formulada con mayor o menor dosis de cinismo, que choca con los muros de una institución de pedernal. Si los deberes son resistentes a las huelgas de las familias, a las leyes de los Estados…, e incluso a la opinión de quienes con su conocimiento, sus propuestas y prescripciones o su quehacer pretenden construir y remozar día a día el edificio escolar…, cabe pensar que lo verdaderamente importante de todo este asunto sea, precisamente, que los deberes escolares son mucho más que una práctica escolar ritualizada, rutinaria y resistente al cambio. Por eso, no iremos demasiado desencaminados si empezamos a pensarlos como lo que verdaderamente son: una práctica social de control y de poder propia de la escuela orientada al mercado, que mediante la “escolarización” del tiempo libre de la infancia contribuye, de forma irrenunciable, a reforzar las clasificaciones, a reproducir social y culturalmente la desigualdad y, en
En términos generales, las tareas escolares, como parte esencial del dispositivo pedagógico, representan una expresión inequívoca del control del espacio y del tiempo de la infancia fuera de las fronteras de la escuela. Este control invasivo del tiempo extraescolar ha ido in crescendo durante los últimos treinta años y no sólo tiene que ver con las tradicionales tareas postescolares propiamente dichas, sino, sobre todo, con un descabellado e interminable menú de actividades educativas (deportivas, musicales, refuerzos, técnicas de estudio o los inapelables idiomas extranjeros) que se consumen ávidamente en función de la posición que cada niño o niña y su familia ocupa en la escala social: finalmente este consumo de cultura no deja de ser una “elección” donde las variables de clase, género y etnia tienen su importancia; ¡¡cómo no!! Y es que, en el imaginario de la “sociedad educadora” —constituida por individuos emprendedores, empresarios de su propia vida— que estamos construyendo, la ciudadanía toda —especialmente las clases medias con aspiraciones— ha de estar dispuesta a representar el papel de insaciable cliente de instrucción perpetua y formación permanente.
En los sistemas escolares de masas, por paradójico que nos pueda parecer, los deberes son pedagógicamente cuestionados pero reforzados socialmente. En los tiempos en que la escolarización completa y sistemática era algo al alcance de muy pocas personas las tareas escolares estaban centradas en la memorización y valoradas por las escuelas como una herramienta pedagógica esencial. En la escuela para todos y todas de nuestros días, las tareas escolares que se mandan para casa son una parte, a veces ínfima, de los deberes y compromisos instructivos que las familias “libremente” deciden adquirir para sus vástagos, a la búsqueda de ese valor añadido que les otorgue una posición ventajosa en el mercado laboral. En todo caso, hoy en día las tareas escolares ya no son un asunto privativo del niño o la niña y del docente que las impone o recomienda…, es un tema que interpela directamente a los ecosistemas y a las economías familiares, y que, por tanto, mercantiliza no sólo la adquisición de conocimientos y habilidades con valor añadido, sino que privatiza —lo cual es mucho más grave— las posibilidades del éxito escolar. Además, el devenir de las tareas escolares en la era de Google e Internet ha incrementado aún más la manera en que el dispositivo escolar se extiende al escenario familiar y compromete el tiempo libre de la infancia: estamos asistiendo a una auténtica “curricularización de la infancia y de los hogares” (si se nos permite la expresión) que cuenta con la bendición de los sistemas escolares y nutre un ya gigantesco nicho de negocio empresarial que concita a empresas editoriales, de software, academias, etc., etc.
Vistas así las cosas, las tareas extraescolares adquieren sentido y dimensión como problema social y político (en el sentido literal y amplio del término), que trasciende con mucho el limitado, insuficiente y con frecuencia equívoco marco de discusión de la pedagogía y del campo de la educación; ahora mismo, lo de menos es dilucidar si los deberes son muchos o pocos, si son pedagógicos o no, si hay que prohibirlos (más) o repensarlos…, lo que realmente urge repensar y resituar, desde la globalidad, es el debate mismo acerca de las tareas escolares. Que los árboles, una vez más, no nos impidan ver el bosque. Así, de todo lo dicho hasta ahora podríamos extraer muchos hilos de los que tirar…, podríamos formularnos muchos nuevos interrogantes que sin duda enriquecerían un debate que, lamentablemente, se viene situando en términos de una feroz simplicidad y ausencia de mordiente crítico. La intención de este texto, en todo caso, no pretende ni mucho menos agotar el tema; nos conformamos con iniciarlo y plantearlo en su complejidad.

Espacios de posibilidad

¿Y mientras tanto…?, ¿qué se puede hacer con los deberes escolares?, ¿existen espacios para hacer posible otras prácticas menos devastadoras alrededor del problema de las tareas escolares?, ¿cómo situarnos ante ello para transgredir, manteniendo cierta coherencia entre lo que pensamos y lo que hacemos, una realidad que nos interpela cotidianamente en nuestro trabajo docente? En nuestra opinión, cabe hablar de los deberes escolares —de su sentido, de su utilidad, de su conveniencia…, desde el contexto de los presupuestos de otra forma de entender la educación y la enseñanza y, por supuesto, de otra forma de practicarla; en suma, el tema es inseparable de la didáctica, del currículum, de la jornada, de la gestión del tiempo y el espacio del aula, del uso o no de libros de texto, de la forma en que planteemos la evaluación y la calificación de nuestro alumnado, etc. Así pues, terminaremos estas páginas planteando, con todas las cautelas del mundo, una serie de cuestiones (o cualidades) mínimas que convendría tener presentes a la hora de afrontar un posible uso —no autoritario, no segregador, no agobiante y mínimamente formativo— de las tareas escolares fuera del aula en aras de evitar las perversiones y abusos que este dispositivo pedagógico ha generado y genera:

  • Voluntariedad. Las tareas deberían enfocarse de forma no obligatoria ni generalizada, tratando de fomentar un ritmo personalizado que responda, ante todo, a los intereses de aprendizaje del propio alumno-a.
  • Complementariedad. Las tareas no deben proponerse al margen de lo trabajado en la escuela sino que deben estar diseñados para complejizar, ampliar, reforzar…, lo que se esté trabajando en ella. Siempre de forma personalizada.
  • Creatividad. Las tareas deben pensarse, diseñarse y proponerse para fomentar el desarrollo intelectual y social, la apertura de miras y experiencias. Nunca la repetición y el automatismo de tareas mecánicas y, supuestamente, instrumentales.
  • Coordinación, proporción y equilibrio. Habría que evitar la descompensación en las tareas que se proponen a lo largo de los días de la semana; es imprescindible establecer una mínima coordinación entre el profesorado de un mismo grupo o clase/aula, en relación a criterios y tiempos como mecanismo previo a la proposición de tareas extraescolares.

Entendemos que podrían añadirse otras muchas cualidades que deberían o podrían tener las tareas escolares, tanto en la forma como en el contenido y referidas a propósitos educativos específicos — autonomía individual, trabajo en grupo, desarrollo de la imaginación individual y colectiva, función y proyección social, … —… Como hemos advertido, nos conformamos únicamente con suscitar algunas líneas para una reflexión colectiva que consideramos necesaria e inaplazable.

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Un comentario en “Los deberes escolares: aristas y paradojas de un problema social

  1. Fantástica reflexión , que me lo digan a mí que tengo una hija de 10 años que va de 9:00 a 12:30 , llega a la 1 come sin reposar para pasar 1 hora adelantándose deberes , vuelve a las 15:00 hasta las 16:30 , para llegar a casa sobre las 17:00 y merendar corriendo para continuar con los deberes hasta las 20:00 o 21:00 más aparte el tiempo de estudio , estoy desesperada y sin tener vida familiar , ni siquiera los fines de semana se descansa por qué hay que cumplir con un currículo desmesurado , estudian para aprobar no para aprender y lo peor de todo una niña con unas calificaciones fantásticas que quizá ya empieza a aborrecer este sistema , un saludo.

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